63°. Deby y Alex y mi última noche en NY

Era mi último sábado en New York, yo sentada a la barra de mi bar preferido, el barman sirviéndome un trago de despedida para paliar mi tristeza, inventado especialmente para mí, de color amarillo y rojo, ni muy dulce ni muy amargo. Perfecto. Una pareja apostada cerca se interesó por los shots que compartíamos con el barman (porque por cada uno que me servía a mí, él se bajaba otro), y así acabamos brindando los cuatro. No recuerdo bien cómo (tenía yo ya varias copas encima) terminé hablando con esta pareja sobre “la pareja”. Ellos no lo eran. Se habían conocido en la adolescencia, Debby era unos años más chica que Alex, encandilada por un tipo más grande que se iba a la universidad, habían tenido un romance loco y hermoso que, por lo que pude deducir, terminó porque él quiso. Hicieron sus vidas lejos, ella se casó y tuvo una hija, ahora estaba divorciada. Él tuvo parejas, pero nada quedó. Años después, se habían reencontrado. Debby vivía en Manhattan, Alex en Los Ángeles, y mantenían una especie de affair a distancia. Se notaba por el lenguaje de sus cuerpos que se gustaban, re calentaban, y que había algo ahí. ¿Vieron cuando ves a dos juntos y decís: estos van, ensamblan bien? Bueno, así. También se notaba que ella estaba más disponible que él. Debby quería un hombre con el que envejecer juntos, como sus padres, que estaban festejando las bodas de platino o algo así. Él, según sus propias palabras, era un eterno Peter Pan con terror al compromiso. Estaba festejando sus casi cincuenta años ese sábado. (Brindamos por eso también!) Tampoco sé cómo pero de golpe me encontré dándole consejos amorosos, yo! Básicamente: el problema del amor es que la gente quiere que sea eterno, para toda la vida. A priori no podés decir: esto es para siempre. Porque para siempre no existe. Podés elegir día a día a una persona, y la suma de esos días te dan 5 años o 50. Y si agarrás a un eterno Peter Pan y le venís con eso de para toda la vida, sale corriendo por la primera puerta que encuentra. En ese momento, Alex me aplaudió y gritó fuerte en el bar: amo a esta mujer! Pero no le gustó tanto cuando cité el episodio de Seinfeld en el que dice que muchos tipos son como los que van en la autopista y ven un motel buenísimo ahí nomás, en la salida que tienen al lado, pero que quieren seguir probando y andando, a ver si más adelante hay otro motel mejor, distinto, nuevo, otro. Zanjé citando mi propio libro (acá me hice la escritora consumada, ja!) y les dije que para mí el amor era en cuanto tenía sentido, y que cuando dejaba de tenerlo, mejor terminar la cosa. También agregué esto: que el amor hace que la vida sea mejor de lo que es, y que cuando la vida se te pone difícil, hace que no lo sea tanto. Y que por eso es importante. Que no lo dejaran pasar si tenían algo bueno entre ellos, porque la vida es nada, se te pasa de largo en un segundo. Brindamos otra vez y ellos se despidieron porque tenían que ir a la fiesta de la película Suicide Squad... Él era uno de los productores! Se me atragantó el shot a medio camino. Había estado dándole consejos a este tipo sin saberlo. Cuando se fueron, nos miramos con el barman y sonreímos. Él me dijo: son buena gente. Yo: ojalá lo logren, que ella deje de soñar con el para siempre y él deje de escapar. Me miré en el espejo de la contrabarra. Días atrás había puesto fin a una relación, había mirado al tipo a los ojos y dicho: vos no sos lo que yo necesito para mi vida, no me hacés bien. Ahora, estaba soltera otra vez. Terminé mi shot, el barman me tiró un beso y me fui. Me quedé pensando en Debby y Alex, espero que estén por ahí, juntos. Y también en el barman, en Nathan. Pero esa es otra historia.

62°. Hoy en "Cosas que solo me pasan a mi"

Fui a ver un cuarto en Harlem para sub-alquilarle a un chico llamado Jimmy, por el mes que estaré en Nueva York. Jimmy me hizo el tour por el depto: grande pero poco limpio, y el cuarto en cuestión minúsculo. Pero el chico me pareció copado y su gata me adoró desde que entré. Nos quedamos hablando en la sala y yo no paraba de mirar una especie de arnés de esos para hacer ejercicio en el hogar, con ganchos y demás. Miro para los cuartos entreabiertos de sus otros roommates - un chico y una chica - y solo veo desorden y algo parecido a un masajeador con cable. Me dije: claro, es para el que hace ejercicio en el arnés, para ablandar los músculos después... Pero algo no me cerraba y Jimmy meta alabar a sus compañeritos, que estaban poco en la casa y que cuando estaban eran remacanudos. Y yo meta mirar el arnés... Hasta que doy en la pared con un calendario con una mina en bolas toda atada a lo bondage. Y zas, entendí para qué era el arnés: era el mismo de la foto! Me hice la cool y conocedora del tema, y con la mejor voz de inocente le pregunté: ¿ese arnés es para el kinbaku, el arte japonés del bondage? Y el pibe medio que se puso nervioso porque tenía que explicar que sus compañeros de depa además de copados le entraban al bondage y al sado-masoquismo, ahí mismo, en el living junto al sofá y la playstation. Sobre todo la chica, que era como una especie de entendida del tema, instructora, y además fotógrafa, y que le gustaba tanto dar como recibir... Yo, impertérrita, le digo: "ah, las fotografías de Araki sobre ese tipo de ataduras son geniales" mientras me encamino hacia la puerta de salida para no volver. Ja! Otro día les cuento sobre la parejita que tengo como roommates en Queens... son de película de Disney y se aman con locura! 

61°. Love is Love

Los conocí en el desfile del Orgullo Gay acá en NYC. El de barba tiene cincuenta y largos, y el otro, el pelado, setenta. Están juntos hace treinta años! Les dije que los admiraba, que yo estaba soltera hacía ocho. Y el de barba, que es de Puerto Rico, me dijo: “Honey, that´s too long, you gotta find someone!” (“Querida, es mucho tiempo, tienes que encontrarte a alguien!”). Y sí... El puertorriqueño me contó que siempre le aconsejaba a los veinteañeros que no usaran drogas, que bebieran mucha agua y que se mantuvieran sanos, porque el camino era largo y difícil. Seguramente vieron a muchos de sus amigos perder la batalla del inicio del Aids a fines de los setenta; lucharon por sus derechos y se hicieron escuchar. Como me comentó el de barba, este no era su primer Pride Parade: “this is not our first rodeo, my dear!” (“Este no es nuestro primer rodeo, querida!”) Treinta años juntos, una vida. El pelado me contó que se iban a casar pronto, y que jamás había pensado que ese día llegaría. Alegres, energéticos, sanos, divertidos y con consciencia. Ese que te hace feliz, a ese unite. Lo demás no importa. Love is Love. Amor es Amor. 

60°. Un fracaso exitoso

Por un brevísimo tiempo, digamos un intervalo, una anomalía en mi existencia, dejé de ser soltera serial. Me sentía rara, como cuando una se pone zapatos nuevos. Estás feliz porque son divinos y los querés usar todo el tiempo, pero a la vez aprietan y querés volver a las ojotas. Terminé la relación y fue todo en buenos términos. Quedamos como amigos, que era lo que éramos en un principio. Fue una de esas historias donde una amistad de años dejó paso a algo más. Salvo que ese algo más no alcanzó para que fuera mucho más. O al menos, lo que yo deseo en una pareja. Así que por unos días sentí ese viejo y conocido dolor, que es como si te metieran la mano en el pecho y arrancaran un cacho, y quedás como paralizada repasando todo, viendo en qué podría haber sido diferente, mejor, peor, en qué nos equivocamos, en qué le acertamos. Pero esos días ya pasaron. Ahora me siento segura de mi decisión, porque entendí que él no era la persona para mí. Es un buen tipo, solo que no me hacía bien a mí, me ponía más ansiosa de lo que normalmente soy (lo que es decir mucho!). Fue como un espejo en algún punto, porque estar con él me hizo dar cuenta que aún tengo cosas sin resolver: inseguridades, el famoso miedo al abandono, no amarme lo suficiente. Con esto me conecté estando con él, pero su tipo de amor no me ayudó a sanar-me. Claro que es una la que tiene que hacer ese “laburito”, pero si el otro nomás te aprieta los botones equivocados, es como ponerte un salvavidas de plomo. Sé que hay estilos relacionales que sí te ayudan a elaborar tus issues, así que allá vamos! Por eso, aunque fue triste terminar la relación y cerrar esa esperanza, me ayudó a re-verme y afinar la puntería en cuanto a lo que deseo y necesito para mi vida, y por eso mismo fue un éxito. A lo único que hay que tenerle miedo es a no animarse, así que a la pileta otra vez! 

59°. Love is in the air

En el consultorio del dentista me topé con una de esas revistas de novias tamaño enciclopedia británica. La hojeé un poco y me abrumé. Nunca me imaginé vestida de novia entrando a la Iglesia adornada de flores con mi novio esperándome en el altar. Nunca soñé con eso. Sin embargo, creo en la pareja como en la vida extraterrestre. Y ciertamente I want to believe que algún día se me dará a mí. No sé si será para siempre (¿existe? ¿hace falta?), pero sí sé que será una pareja con sentido, que durará mientras tenga sentido. 
Aunque románticas, siempre me hicieron ruido frases como “vos me completás”, “sin vos no puedo vivir”, “sos mi media naranja”, porque me parecen un poco peligrosas. Dan a entender que uno mismo, en su soledad, está incompleto, o fallado, que funciona mejor si hay un otro. Y esto no es así. Lo mismo sucede con la idea descabellada de que existe un único ser especial para cada persona. Somos más de siete mil millones de humanos en este planeta. Decime si de verdad se sostiene eso de que hay un “the one” para vos solo y nadie más. ¿Y si no lo encontrás? ¿Y si se te muere? Qué cruel y retorcido sería eso llamado amor. 
Apliquemos la lógica, la estadística. El sentido común. Amor. Parejas. Podés tener una, dos, tres, X. Pueden ser para toda la vida o por dos meses, tres años, cincuenta. Pueden ser monógamas, abiertas, a lunares. Lo que a cada uno le cierre y sea honesto con su esencia. Si querés monogamia por 50 años, perfecto. ¿Querés poliamor? Dale. ¿Casarte? Invitame a la boda. ¿Convivencia con libreta, sin libreta? Sé feliz.
Pero volviendo a la revista tamaño guía-telefónica-todo-para-la-novia: aunque jamás haya tenido ese berretín, sí me ilusiona el pedido de mano... Después de todo, y muy en el fondo, soy una romántica perdida. Es más, en las películas es el momento que más me emociona. Me hace sentir toda rosa y suave por dentro, como rellena de algodón de azúcar. 
Hace poco presencié (yo y miles de personas más) una curiosa propuesta de matrimonio. Fue en San Diego, USA. Estábamos con mi amiga Poly en la playa tomando sol y mucho viento, cuando vimos aparecer en el cielo turquesa una avioneta a chorro. El avioncito daba vueltas y vueltas dibujando figuras en el aire, que paulatinamente formaron esta frase: “Mónica, will you marry me?” Con Poly nos miramos entusiasmadas, era para comprar pochoclos y alquilar balcones! La avioneta luego desapareció en el horizonte dejando a toda la playa intrigada, mirando para arriba a la espera, mientras las letras se iban esfumando lentamente. De golpe pensé en todos los tipos que estaban en ese momento tirados en la arena junto a una novia llamada “Mónica”… ¿Cuántos habría? Deben de haber estado sudando la gota gorda! La de equívocos que debe haber generado ese avioncito, que a los quince minutos regresó para escribir: “She said yes”. En la playa la gente empezó a aplaudir enloquecida. Al escribir esto, yo misma quiero aplaudir. (Enloquecida no, porque mi gata duerme y no quiero despertarla).
La propuesta de casamiento... No por el casamiento en sí, no sé si quiero la formalidad del papel, o sí. No lo sé. Pero sí el proyecto de formar una pareja. Y me gustaría que la propuesta surgiera de los dos. Al mismo tiempo, los dos pidiéndonos la mano. A la par. Dos avioncitos a chorro escribiendo en el cielo: ¿te casarías conmigo?

58°. Mi primera vez

No la primera-primera, de esa mejor ni acordarme, aunque esta también es para el olvido. Me refiero a mi primera vez intentando tener sexo virtual. Y digo intentando porque... Bueno, arranquemos por el principio mejor. Él estaba en su oficina, yo en mi casa, y ninguno de los dos pudiendo laburar. Era la hora de la siesta. La hora ociosa y caliente de la siesta. Con él había intimado ya un par de veces, en la piel. Aburridos, nos empezamos a mandar fotos, a excitar con mensajes. Tanto así, que me propuso tener un encuentro virtual-sexual. Yo nunca había tenido uno, y se lo dije. Mirá que nunca... no sé si voy a poder, soy media tímida, ¿a través de una pantalla? Además, él después de todo estaba en el trabajo ¿Cómo iba a hacer para... resolver su clímax? ¿En el escritorio? Pero insistió argumentando que como el piso de arriba de su oficina estaba vacío y en remodelación, él podía disponer libremente del baño que había allí. No solo eso, sino que como era casi la hora de irse, no quedaba casi nadie en el edificio. Claramente no fue mi mejor hora cuando accedí. ¿Acaso puedo defenderme diciendo que soy curiosa, que me gusta probar cosas nuevas, que estaba caliente como agua pa´chocolate? 
Este hombre tomó una carpeta para disimular la incipiente carpa de su entrepierna, subió por ascensor al piso desocupado, entró al baño, se metió en un cubículo y desde allí me conectó vía Skype por su celular. Yo estaba con lencería negra de encaje, sentadita detrás de mi laptop, esperando instrucciones. Le repetí: mirá que soy nueva-virgen en esto.
No te preocupes, me dijo, yo te cuido. 
Qué hago entonces. 
Mostrame. 
Empecé a contornearme torpemente delante de la cámara, sintiéndome ridícula mientras mi mente se debocaba, para variar. ¿Estaré en foco? ¿Se me verá la celulitis? ¿Y la luz? Si la iluminación es buena entonces no es porno, es art... Escuché unos jadeos breves y ¡pum! Dos minutos. Dos minutos por reloj duró el tipo. Y entonces va y me dice: esperá que me limpio. Y me corta. 
Yo me quedé mirando la pantalla, pasmada, caliente pero ya no por lo excitada, como se imaginarán... Cuando reapareció estaba de nuevo sentado en su escritorio con la demente pretensión de que yo siguiera sola... Le dije: ¿cómo sola? ¿Pero vos me estás cargando? ¿No era que me ibas a cuidar, que podías quedarte en el baño de arriba, que estabas solo y tenías el tiempo del mundo para “jugar”?
Justo ahí apareció un colega con quien este tipo se puso a hablar de laburo, rápido yo me cubrí como pude, a las puteadas. Reapareció en seguida pidiéndome perdón y asegurándome que él me iba a “calentar” para que yo acabara. Que no podía desaparecer taaanto de su escritorio. No terminó de decir esto que atendió un llamado... 
Corté Skype. Furia es poco. A este caballero le importaba un comino si yo la pasaba bien, él quería tener sus dos minutos de gloria como fuera. Egoísmo en estado puro. Me sentí expuesta, media humillada, patética. Y me prometí que no solo no iba a tener nada más con este tipo, sino no que nunca más iba a tener sexo on-line con nadie. 
Así fue mi primera vez, aunque técnicamente todo quedó en un intento, al menos de mi parte. ¿Y por qué me acuerdo de este amague para el olvido? Porque hace poco, y dejando de lado mi promesa, tuve unos encuentros hot vía Skype que me amigaron para siempre con esto de la sexualidad virtual. 
Existe bastante controversia sobre si el sexo virtual es sexo real, si cuenta como tal. ¿Pero qué es el sexo? Si por sexo se entiende solamente “coito”, se nos están quedando afuera muchísimas experiencias eróticas/sexuales fabulosas y bien contundentes.
Para los humanos - y un par de especies más – el sexo no es solo con fines reproductivos, sino también por placer. Y la sexualidad es tan amplia y variada como personas existen. Que las nuevas tecnologías estén abriendo el juego a nuevas formas de encuentro no es más que eso, juego... 
Una posibilidad de pensarlo podría ser esta: si el sexo real - con todas sus posibilidades - provoca respuestas emocionales, físicas y psicológicas, entonces, el sexo virtual también debe contar como “real”, porque genera las mismas reacciones. 
Pero claro, acá entramos en un terreno peligroso. Porque si el sexo virtual cuenta como sexo, entonces, ¿también cuenta como cuernos? ¿Sí o no? Creo que ahí cada persona necesita clarificar para sí misma qué es el sexo y que es la fidelidad, y compartirlo con su pareja. Llegar a un consenso y luego respetarlo. 
Pero volviendo a lo virtual: alguno me puede objetar que como no hay contacto con el otro, no es sexo. Que es meramente un acto de autosatisfacción motivado por la fantasía que nos despierta un otro ausente físicamente. Sin embargo, el placer que experimentamos es tan real que llegamos al orgasmo. Y también cabe mencionar que como juego de alcoba está el masturbarse uno en frente del otro... ¿No es mejor pensar el cyber-sexo como una posibilidad más en el amplio abanico de las experiencias sexuales? Y en cuanto a la falta de interacción... se están desarrollando unos aparatitos llamados teledildoncis, que son unos juguetitos a control remoto, siendo que el control lo tiene el otro, del otro lado de la pantalla. 
El sexo virtual puede acercar a una pareja que está lejos por x motivo, puede ser un juego excitante para romper la rutina de la cama, puede ser un acto atrevido con un extraño, un condimento más en el repertorio, puede ser lo que uno quiera que sea. Más que quedarse varados en si es real o no, mejor focalizar en disfrutarlo. Hacer que la pantalla deje de ser una barrera, para que pase a ser una puerta al erotismo. Claro que es necesario encontrar uno que sepa abrir la puerta para ir a jugar.

57°. Yo me quiero casar, ¿y usted?

Hoy me desperté nostálgica, recordando el programa "Yo me quiero casar, ¿y usted?" de Roberto Galán. Mi abuela Esther lo veía todos los días, religiosamente. No se perdía ni uno. Si la ibas a visitar a la hora del show te tenías que arreglar sola, porque ella se sentaba delante del aparato de televisión en su sofá, y hasta que no terminaba, casi ni te daba bola. Tal vez te hablaba para comentarte de este o aquel candidato, o de alguna señora que a ella le parecía buena moza o que sonreía torcido. Cuando Roberto Galán se despedía de su audiencia hasta el otro día, ella le respondía “hasta mañana”. No muy alto, casi como una confesión. Me llenaba de ternura no sólo porque ella creía fervientemente que las parejas que se formaban eran sinceras, sino porque creía que el conductor, por alguna magia misteriosa, la escuchaba saludarlo. Ella no le hablaba al televisor en otro momento del día, solo a él. Mi abuela era un ser sin maldad, de lo más bueno que conocí en mi vida. Y hoy la recuerdo. Y yo me quiero casar como ella confiaba que sucedía en ese programa, y quiero creer en la magia y el misterio y en todas las cosas bellas de este mundo. 

56°. "Mi pequeño mundo de a uno" Una reflexión sobre el amor y otros terrores

Varias veces me preguntaron, a raíz del título del libro, si lo mío era a propósito, como un estilo de vida, o quizá una venganza o una promesa secreta. ¿Sos soltera serial por elección? Rápidamente siempre aclaré que era un chiste, jugando con la idea de la asesina serial, y que en todo caso era “serial” porque nada de lo que había probado para dejar de ser soltera me había funcionado. En clave de broma, claro. Pero como en una cebolla, siempre hay algo más debajo de esa primera capa que es la respuesta automática.
Y ese “algo” se me sentó a tomar un café los otros días. Como buena obsesiva que soy, siempre llego temprano a todos lados, y este martes me tocó llegar casi una hora antes a terapia. Así que ahí estaba yo, haciendo tiempo en un café cuando entró un hombre que mi hermana y yo conocimos en la milonga. Me saludó, preguntó si estaba sola y se sentó a mi mesa. Él también estaba haciendo tiempo antes de una reunión de trabajo. Para hacer la historia corta, digamos que la vida me puso delante un espejo, pero invertido. Este caballero trajeado y pulcro era mi doble, en versión masculina. Estructurado, rígido, perfeccionista. Un claustrofóbico emocional con una desconfianza de terror a la intimidad real con otra persona. Y no pude dejar de pensar que desde ese lugar, toda relación está destinada al fracaso. Por eso la serialidad de mi soltería. Esa era la respuesta “real” pero demasiado íntima que debería haberle dado a los que me preguntaron por el título del libro. Pero claro, es una respuesta carente de glamour, de sex and the city, es un anticlímax. ¡Es un embole!
¿Qué originó esta especie de fobia que me hace quedarme más segura en “mi pequeño mundo de a uno”? Eso es material de terapia… Pero tal vez la frase “we are all damaged goods” ayude. Significa que todos en alguna medida somos “cosas dañadas”. Y cada uno adopta mecanismos para protegerse de aquello que nos da temor, que resuena con un pasado remoto o cercano, doloroso y no muy resuelto. (Yo me volví fóbica al amor, otro puede ser el opuesto, es decir pasar de una relación a otra sin intervalos ni discernimiento, otro puede elegir desaparecer en una relación para no tener que lidiar con su propia vida, otro puede aceptar cualquier cosa al lado por temor a la soledad… hay mil posibilidades).
Si pescás que lo tuyo es parecido al bicho que me picó a mí, bienvenido. No pasa nada. No es un estado lapidario del que no se sale. (Ojo que hay personas que son felices en su infelicidad).
Pero si no es el caso, solo hay que ponerse las pilas para verlo (al bicho…) hacerse cargo, y después elegir cambiar. ¿Cómo? Terapia es una buena forma. Hay otras. Todo ayuda. Lo importante como dice el tango es: morder la realidad.
Yo hoy elijo aceptar que sí, que puede ser que en el mundo haya muchos tipos histéricos y minas locas y todas las etiquetas que uno quiera ponerle al otro cuando la cosa no funciona… pero a esta altura del partido y pasando mis cuarenta, prefiero hacerme cargo de que elegí tipos para que me confirmen mi creencia sobre el amor y la vida. (Una creencia estilo película de terror).
Y seamos optimistas, hay de todo en este supermercado de Dios. Está en uno saber qué quiere y entonces, sintonizar los radares para atraparlo cuando la vida te lo ponga más o menos cerca. Amigos, a amar que se acaba el mundo.

55". Migajas no

Ese fue uno de los mejores consejos que recibí en mi vida. Me lo dijo una gran amiga, Marshu, y con cuánta frecuencia lo olvido. Migajas no. Es aceptarle al otro los pedacitos que te ofrece de algo que realmente querés, que deseás entero para vos. Es aceptar algo que se parece un poco aunque no tanto, pero como no hay otra cosa - o no me merezco otra cosa - me conformo. Es en suma, tratarte a vos misma como una mendiga de sentimientos.
Tranzar por las migajas implica también una cierta ceguera personal. Una ceguera cómplice y negligente del propio ser. Solo que lo que no es, no es. Creo que aunque cueste, cuanto más rápido uno vea a la realidad por lo que sí es, más rápido pasa a otra cosa. ¡Y es tan liberador!

54°. Soy un matambre

O al menos eso fue lo que pensé con el caballero encima mío... Lo curioso fue que antes él me había contado, a modo de queja, que su última pareja no era muy activa, digamos que fallaba en la reciprocidad. Según él, era medio una muertita, y lo que le atraía de mi era que me hacía cargo... Pues, ahí estaba yo acostada en su cama sin poder moverme porque el tipo había trabado con sus brazos los míos a los costados de mi cuerpo, y me había pedido que cruzara las piernas, estiradas. Era una extraña variante de la posición del misionero, extraña porque me inmovilizaba absolutamente. Incluso, le tuve que pedir que me dejara alejarme un poco del cabezal de la cama, porque me iba a romper el coco en el ir y venir. Me miró estupefacto sin entender de qué le hablaba. ¡Un matambre era! Lo más alejado de lo erótico posible. Y con cero diálogo. Y eso que él sí había hablado antes... Cuando yo estaba a punto de acabar, me había dicho “si lo hacés, me vas a hacer acabar a mí también y quiero un poco más...” Entonces me frené, para que él pudiera gozar un cacho más. Él había agregado como en un suspiro: “Igual, el orgasmo no es lo más importante, ésto es, lo que pasa en el medio, en el durante...” Ok, pensé, vamos por el durante... Y fue ahí que me transformó en un matambre, para acabar él.
Me quedé dura, enrarecida... E iluminada. En la cama, en la desnudez más íntima, no hay dónde esconderse, ahí se ve cada uno como realmente es. Todas las fachadas, las defensas, todas las máscaras se caen. Y se ven las contradicciones, las incoherencias, los egoísmos, la falta de registro. El miedo. Se ve la generosidad, la conexión, la capacidad de dar y recibir, el amor por lo sensual y el juego. Y también sirve como una lupa enorme para uno mismo. Más allá del gusto personal del caballero, yo entendí que no soy el matambre de nadie. Y por eso, le estoy muy agradecida!

53°. De la vida amorosa de las luciérnagas

¿Se acuerdan de los bichitos de luz? Yo sí. A la noche, sobre todo en el campo, en las rutas, se los veía brillar en la oscuridad. Titilar, lanzar su luz amarillo-verdosa como una señal misteriosa. Pero ya casi no se ven. La noche se llenó de luz artificial. La profesora en biología Sara Lewis, especialista mundial en luciérnagas, cree que es por ello que estos insectos están amenazados como especie. Y es que la luz artificial interrumpe el diálogo amoroso entre estos bichos mágicos. Las luces que veíamos brillar eran de los machos, las hembras decidían a cuál elegían de acuerdo a la calidad de la luz emitida. Si les gustaba, respondían con un titilar veloz, y el cortejo comenzaba. Parece ser que la luz artificial está dañando este rito de apareamiento y las hembras no responden a las señales que lanzan los machos.
¿Qué tendrá que ver esto con los humanos? Creo que algo parecido nos pasa. Estamos con las narices metidas 24/7 en pantallas de todos los tamaños posibles, en el trabajo, en lo social, para recrearnos, para todo: computadora, celulares, tablets, televisión, etc. Y sobre todo en los celulares. Hay como una necesidad de estar en las redes sociales para dejar asentada nuestra vida ahí, o ver la del de al lado, opinar, subir fotos, discutir, hablar virtualmente. Vas a una reunión, tomás el colectivo, caminás por la calle, estás en la cola del supermercado, o cenando, y todos están con sus ojos en las pantallas. Y así nos dejamos de mirar a nosotros a los ojos, de hablar persona a persona. Y creo que esto es similar a lo que la contaminación lumínica nocturna hace con las relaciones entre las luciérnagas. Cegadas por esas luces artificiales, se distraen y dejan de ver las reales.
Ya sé, para leer esto que escribí en el blog, están mirando una computadora o su celular. ¿Pero cuánto tiempo pasamos acá adentro, en lo virtual? Parece que si no sucede en Facebook, Twitter, WhatsApp o Instagram, no sucede. Como sociedad, a nivel mundial estamos en el momento de mayor conectividad en nuestra historia, vivimos globalizados en red, con un acceso a información y medios de comunicación imposible años atrás. Obvio que tiene su lado positivo, fantástico, y quién sabe a dónde nos va a llevar. Por ejemplo, en Twitter sigo a un astronauta que hace un año está en el espacio y que sube unas fotos increíbles, imágenes que me abren la mente hacia ideas nuevas. Pero creo que a nivel comunicación humana directa, interacción cuerpo a cuerpo, nos está pasando como a las luciérnagas. Nos estamos asilando. Creo que estaría bueno como ejercicio largar un rato estas pantallas, y salir a ver las luces de verdad.

53°. De la vida amorosa de las luciérnagas

¿Se acuerdan de los bichitos de luz? Yo sí. A la noche, sobre todo en el campo, en las rutas, se los veía brillar en la oscuridad. Titilar, lanzar su luz amarillo-verdosa como una señal misteriosa. Pero ya casi no se ven. La noche se llenó de luz artificial. La profesora en biología Sara Lewis, especialista mundial en luciérnagas, cree que es por ello que estos insectos están amenazados como especie. Y es que la luz artificial interrumpe el diálogo amoroso entre estos bichos mágicos. Las luces que veíamos brillar eran de los machos, las hembras decidían a cuál elegían de acuerdo a la calidad de la luz emitida. Si les gustaba, respondían con un titilar veloz, y el cortejo comenzaba. Parece ser que la luz artificial está dañando este rito de apareamiento y las hembras no responden a las señales que lanzan los machos.
¿Qué tendrá que ver esto con los humanos? Creo que algo parecido nos pasa. Estamos con las narices metidas 24/7 en pantallas de todos los tamaños posibles, en el trabajo, en lo social, para recrearnos, para todo: computadora, celulares, tablets, televisión, etc. Y sobre todo en los celulares. Hay como una necesidad de estar en las redes sociales para dejar asentada nuestra vida ahí, o ver la del de al lado, opinar, subir fotos, discutir, hablar virtualmente. Vas a una reunión, tomás el colectivo, caminás por la calle, estás en la cola del supermercado, o cenando, y todos están con sus ojos en las pantallas. Y así nos dejamos de mirar a nosotros a los ojos, de hablar persona a persona. Y creo que esto es similar a lo que la contaminación lumínica nocturna hace con las relaciones entre las luciérnagas. Cegadas por esas luces artificiales, se distraen y dejan de ver las reales.
Ya sé, para leer esto que escribí en el blog, están mirando una computadora o su celular. ¿Pero cuánto tiempo pasamos acá adentro, en lo virtual? Parece que si no sucede en Facebook, Twitter, WhatsApp o Instagram, no sucede. Como sociedad, a nivel mundial estamos en el momento de mayor conectividad en nuestra historia, vivimos globalizados en red, con un acceso a información y medios de comunicación imposible años atrás. Obvio que tiene su lado positivo, fantástico, y quién sabe a dónde nos va a llevar. Por ejemplo, en Twitter sigo a un astronauta que hace un año está en el espacio y que sube unas fotos increíbles, imágenes que me abren la mente hacia ideas nuevas. Pero creo que a nivel comunicación humana directa, interacción cuerpo a cuerpo, nos está pasando como a las luciérnagas. Nos estamos asilando. Creo que estaría bueno como ejercicio largar un rato estas pantallas, y salir a ver las luces de verdad.

51°. Querer sin presentir

Como había tenido un domingo complicado, mi hermana me sugirió ir a bailar un rato a la milonga de la Glorieta de Barrancas Belgrano. La noche estaba hermosa, ni frío ni calor. Así que aunque no tenía mis zapatos de tango conmigo, fui igual. La única tanda que bailé, valió la pena. Me sacó un tipo con el que me encanta bailar. Es de los pocos con los que me dejo llevar completamente, y para mí que soy una control freak con mezcla de Monk, eso es decir mucho. Cierro los ojos, me abrazo... y me suelto. Me pierdo. Me zambullo a un aquí ahora perfecto, puro, eterno. Un limbo de cuerpos pegados, girando conectados en la música. Estaba en ese trance cuando la letra del tango me llegó clarita, sin interferencias (seguramente porque estaba en ese estado sin cerebro): “si yo pudiera como ayer, querer sin presentir.” Llegó e hizo carambola, señores.
El hombre al que estaba abrazada ni se enteró, pero me dieron unas ganas de mirarlo a los ojos y decirle: ¿vos lo sentiste también? Obvio que no, si el cimbronazo fue sólo mío.
¿Se pueden olvidar años de desencuentros, y lanzarse ingenuamente a un amor sin reservas, como cuando te enamoraste por primera vez?
La experiencia sirve para algo, de eso estoy segura. Pero a veces, cuando nos rompen el corazón (ojo, también hay casos en los que lo ofrecemos voluntariamente, casi con alegría para que otro te lo estruje) aprendemos mal. Nos volvemos cínicos, recelosos. Nos congelamos y excluimos del juego de las citas, o bien, nos volvemos a enamorar pero con muchos peros y barreras. Y en algunos casos, casi como una venganza.
El presentimiento del que habla el tango es miedo. Es el miedo a repetir. Ante el presentimiento del dolor, de la posibilidad de que otro te vuelva a meter la mano en el pecho, arrancar el corazón y reventarlo, ¿qué hacemos? La vida monacal así como la de volverte un/a donjuán sin discernimiento son extremismos, y como todo ismo, desaconsejables.
También está bueno considerar la teoría que dice que lo que no aprendés en una vuelta, se te repite una y otra vez, como en una rueda, hasta que finalmente lo aprendas. Entonces pasás de nivel, como en un video juego. Del nivel 6 al 7. También se puede pensar en una espiral ascendente. Una vez que aprendés y dejás de repetir la misma escena cíclicamente (pueden cambiar los candidatos, pero la cabeza te la terminás rompiendo igual, se llame Juan, Roland o como sea) entonces subís en la espiral, avanzás, pero la vida “gira” y te vuelve a poner delante situaciones similares a las que viviste en el pasado. Casi como una prueba. Si aprendiste, te movés ascendentemente en el espiral, subiendo, elevándote. Y si no, entonces, volvés a repetir.
Ejemplo. Si fuiste “la amante” y un día decís: ok, no quiero más esto para mí. La vida, ponele la firma, se va a encargar de presentarte a varios candidatos que te propongan ser la amante otra vez. Si aprendiste, avanzás; si no aprendiste, volvés al mismo casillero.
¿Entonces, se puede querer sin presentir?
El miedo es mal consejero.
Sin embargo, en vez de presentir, podemos usar la experiencia para bien. Podemos amar, querer al otro a la luz de nuestro pasado, usándolo como trampolín (esta frase la afané!)

50°. ¿Por qué la Primavera es la estación del Amor?

Es una época en que los pájaros arrancan cantando a las tres de la mañana, las flores brotan a lo loco por todos lados, el sol nos calienta más haciendo que andemos más ligeritos de ropa... Sin embargo, la ciencia afirma que todo lo anterior, llámese “el estallido de la naturaleza”, no sería la causa per se. En todo caso, serían los detonantes. La causa sucede bien adentro de nuestro cerebro. Como afirma la doctora Helen Fischer - antropóloga y bióloga de la Universidad de Rutgers, que ha escrito varios libros sobre la ciencia del amor – la causa es la “dopamina”. Según Fisher la dopamina es el neurotransmisor que el cerebro utiliza para hacer que desees cosas, porque activa la zona del cerebro encargado del sistema de recompensa.
La dopamina es desencadenada por nuevas experiencias, sostiene Fischer: “Y hay tanta novedad en la primavera. Hay mucho más color, nuevos olores, las personas se quitan la ropa y uno puede ver más de los otros. Y entonces hay muchos estímulos nuevos que activan al cerebro, produciendo más dopamina, y esto te hace más susceptible al amor.”
Sea por la razón que sea, me gusta la idea de volvernos más susceptibles al amor: amor por tu pareja o por alguien nuevo. Este es mi deseo para todos en esta época de flores y alergias.

49°. La Risa

Los otros días una amiga me pidió que leyera en una fiesta un capítulo de mi libro Soltera Serial. La audiencia era de veintitantos y no sabía bien qué leer. Desde un principio había descartado los capítulos más emotivos del librito, pero dudaba entre momentos más ligeros, como la historia de la morgue o la del hindú. Finalmente me decidí por el capítulo del festival porno. (En el blog es el cap "Aguante el misionero"). Luego de vencer mi terror escénico (gracias al apoyo y consejos de mi amiga Jose y a un generoso vaso de vino) me subí al escenario. Tartamudeé un poco al leer, pero creo que no se notó demasiado. Y hubo risas. Y para mí eso fue lo más importante, porque me recordó para qué escribí el blog-libro. No solo el hecho de contar mi historia me sirvió, sino el hacerlo con una mirada de humor sobre mí misma y mis catástrofes amorosas.
La risa cura. Es así de simple. Tanto como el amor. Hay sucesos trágicos en donde la herida es tan profunda que el humor no tiene espacio, al menos al principio. Pero hay otros dolores en los que la risa ayuda a sanar más rápido. Te propone un cambio de foco; una mirada diferente sobre un hecho permitiendo una relectura; le quita ese rasgo de destino trágico y definitivo a la herida. Hay incontables estudios médicos que demuestran los beneficios de la risa en el cuerpo y en la mente: relaja el cuerpo, libera estrés, fortalece el sistema inmunológico, ayuda a comprender un problema de manera más realista, por citar algunos. Groucho Marx decía que un payaso funciona como una aspirina, pero es el doble de rápido. Últimamente vengo atravesando aguas turbulentas, y haber reído esa noche delante de un público (y provocado alguna risa) me despertó algo dentro, fue como el aleteo de algo pequeño en mi pecho, la esperanza. También me recordó que mi fuerte y mi placer es escribir comedia, y que debo seguir ese camino. Todo pasa, lo bueno y lo malo. Lo importante es cómo atravesamos la vida con sus subidas y bajadas. Esta es mi reflexión del día: reír como medicina, y por el simple placer de hacerlo.

48°. Autocorrector

A pesar de que estaba media dormida cuando recibí el “te amo un beso grande”, entendí rápidamente que se trataba de un error causado por el autocorrector del celular. El caballero había querido escribir “te mando un beso grande”... Igual, por una milésima de segundo se me alegró el corazón. Y no fue porque el tipo me interesara particularmente, es un amigo de un amigo y nada más. Sino porque hace tanto tiempo que no escucho un “te amo”... El único que me dijo esas dos palabras fue un adrenalínico que sentía amor por cuanta chica le siguiera el ritmo. Es decir, que haciendo cuentas, creo que jamás me dijeron un sincero te amo. La cosa es que yo tampoco lo dije, a nadie. Y tengo ganas. Hace rato que deseo una historia con sentido, pero sigo asustándome, metiéndome para adentro y espantando a cada candidato que se me acerca. ¡Ojalá hubiera un autocorrector pero para la vida, no solo para celulares! Y que en vez de corregirte mal (como en el caso del mensajito nocturno que recibí) te corrigiera para bien. Te mandás una cagad... y el autocorrector te lo modifica... Claro que no tendría sentido si fuera a posteriori del hecho! Mejor, debería haber una app que avisara segundos antes de equivocarte... Aunque esto anularía el aprendizaje! Pero bueno, en todo caso, serviría como advertencia. Me imagino una luz roja y un timbre activándose en el cerebro y luego una voz profunda como la de Vincent Price diciendo “¡Atención, estás por cometer un error, el mismo error de siempre. Esta es la vez número 945.689.742,03!”
En fin, bromas aparte, supongo que esa “app” es nuestra voz interior, nuestra intuición, solo que olvidamos - o no podemos - escucharla por compulsión, por apego al pasado, por la vorágine que es la vida. Los otros días una amiga me dijo: vos das re buenos consejos amorosos pero no los ponés en práctica en vos! Y tiene razón... Por eso, mi propósito del día: escucharme... y hacerme caso.

47°. Jaulas

Ayer vi una TED-Talk que me hizo reflexionar. El expositor, un periodista llamado Johann Hari, proponía una forma diferente de considerar y tratar las adicciones. Se preguntarán qué tiene que ver esto con el amor. Wait for it... Primero voy a hablar de ratas... Johann Hari relató un experimento en el que pusieron a una rata en una jaula, sola, con agua con droga. La rata bebió hasta morir por sobredosis. Luego, se hizo otro experimento, pero en vez de poner una rata sola, pusieron muchas en una jaula tipo “parque de diversiones para ratas”, con dos potes de agua: una normal, la otra con droga. La sorpresa fue que la mayoría de las ratas bebieron del agua normal. Casi no hubo sobredosis. Es decir, las ratas que estaban en grupo, conectadas, con algún sentido o propósito, casi no prefirieron la droga. Ahora, lo interesante es que este periodista considera que la adicción tiene que ver con la necesidad de conectar. De “bonding”. Cuando por traumas previos o stress nos sentimos aislados, imposibilitados de conexión con otro o con la vida, las drogas están a mano para ofrecernos otro tipo de conexión y enganche. Johan Hari dice: “Una parte central de la adicción es no ser capaz de soportar estar presente en tu propia vida”. Y por eso el escape que ofrecen las drogas.
Pero Johann Hari también menciona como adicción al cigarrillo, al alcohol, a comer compulsivamente, a comprar compulsivamente, ser workoholic, sexaholic, acumuladores, pasarnos 20 horas en Internet o en las redes y el teléfono con una sensación ficticia de conexión.
Esto también tiene que ver con lo que sostiene otra investigadora, Brené Brown, quien cree que para muchos las adicciones están relacionadas con una necesidad de anestesiar, o por lo menos quitarle la intensidad al dolor, a la vulnerabilidad, a la inseguridad. Para ella, la respuesta está en conectarse y encontrar sentido y propósito a la vida. A no escaparle al dolor, sino enfrentarlo.
Ahora, ¿qué pasaría si aplicáramos estas ideas al amor, o más específicamente, a las relaciones tóxicas co-dependientes, de esas que destruyen una parte tuya, como lo hace la adicción? Después de todo, este tipo de vínculos son adictivos.
La solución que propone Johann Hari para rehabilitar a adictos es una conexión real, y el apoyo amoroso del entorno. En vez de rechazar al adicto, culpándolo de todo el daño que trae, volviéndolo un paria al aislarlo aún más, mejor ofrecerle apoyo (vínculos, trabajo, etc. Pone como ejemplo el modelo de Portugal). Y eso se aplica para el adicto: buscar apoyo en las relaciones más cercanas. Muchas veces me preguntan cómo hacer para cortar una relación demencial. Me dicen: ¡simplemente, NO PUEDO HACERLO! Bueno, si pensamos en esa relación tóxica como una forma de adicción, la solución sería buscar la conexión de los amigos y familiares, y reencontrar el sentido y propósito en uno mismo.
Esto parece una obviedad, pero no sé si lo es... Cuando uno está metido en una situación así, muchas veces se separa de sus vínculos y queda completamente fuera de eje. Una relación co-dependiente, pensada como adicción, está ahí para evitar conectarnos con algo, para dejar de estar presentes en nuestra propia vida. Ese sería el beneficio secundario y oculto... Me aferro a la locura de esta relación para no tener que lidiar con lo que se presiente doloroso en la propia (soledad, miedo a no volver a amar, miedo a no poder vivir sin el otro, miedo al dolor, a la vulnerabilidad, a la inseguridad, etc.) Como dice el periodista en el ejemplo de la rata: ¿qué pasaría si la adicción es tratara de la jaula? ¿La relación demente es tu jaula?
Según estos investigadores, la clave estaría en buscar conectar con uno mismo (por medio de terapia, de la espiritualidad, la meditación, de la naturaleza, etc.) conectar con nuestros vínculos cercanos (familia, amigos), encontrarle sentido y propósito a nuestra vida, y ante una situación dolorosa o estresante, no anestesiarnos y escapar, sino enfrentarla y pasar al otro lado.
En vez de andar metidos en jaulas, separados, anestesiados, evadidos, mejor entrar en el parque de diversiones de las ratas, todas juntas (¡cambien ratas por seres humanos, por favor!) y en el estar presente en uno mismo y con el otro, así la vida mejora y no se necesitan las adicciones para escaparnos.
Mi adicción = jaula es permitir la compulsión/obsesión y los pensamientos rumiantes que se me detonan tanto cuando me va mal como cuando me va bien. Cuanto más me aíslo, más obse me pongo. Cuanto más conectada con el mundo real estoy, soy menos Monk
Acá va el link a la TED-Talk (en inglés)


46°. Negociables

Los otros días fui a ver a mi médico clínico, y en esa especie de charla de entretiempo que se arma en el consultorio mientras te hace la receta, terminé hablando de mi trabajo, de los guiones que escribo hace años sobre temas bastante serios (violencia doméstica, abuso, enfermedades) El médico, un poco en broma un poco en serio, me preguntó si había escrito sobre cómo resolver problemas matrimoniales... Me reí y le dije que no. Pero me quedé pensando. Hace unos días leí un artículo interesante. Hablaba de cómo no es posible separar el amor de los problemas. Y creo que es cierto. Existe una idea hollywoodense de que cuando es amor de verdad, no van a haber conflictos. Y esto es un error. Amás a una persona que es un “otro”, diferente a vos, y construir y compartir un proyecto junto a un “otro” va a tener sus desacuerdos, desavenencias y demás. Es inevitable. Siento que hoy día estamos en una fase de “si se complica, me mando a mudar”. Y pretender que en la pareja todo fluya por la ruta del placer 24/7 es un delirio. Si con uno mismo uno tiene contradicciones, ¿imaginate con otro?
Lo que sí considero es que uno debe tener límites claros de lo que puede permitir en la relación y de lo que no. Los negociables e innegociables. Con qué podés lidiar y con qué no, qué es lo que te daña, qué es lo que no va de acuerdo con tus creencias, tu autoestima, tus metas personales. Ejemplo: para algunas parejas el tema de la infidelidad es un innegociable, mientras que otras parejas aceptan una relación abierta.
Creo que son en los pequeños momentos de la relación, desde el comienzo, donde se empiezan a ver estas situaciones que te llevan a decir: con esto puedo lidiar, con esto no.
En mi caso, por mi historia familiar, sé que no podría lidiar con problemas de adicciones. Eso sería un innegociable para mí. Mientras que tengo una conocida que le hizo el aguante a su novio mientras se rehabilitaba en A.A.
Para una amiga, fue la manera de resolver problemas de su novio: escapando. Hasta que ella lo encaró y le dijo: sabés qué, si te querés ir: ok, pero no vuelvas, pero si te quedás, no te escapes cada vez que haya un lío.
Otro caso, una amiga tenía un novio que cada tanto le daba un ataque de fobia y le decía que no creía ni el amor ni en la pareja. Hasta que un día, mi amiga dijo basta, yo sí creo y yo quiero un tipo que también crea. Cortaron, pero un mes después él reapareció, sin la fobia.
Tengo un amigo que está saliendo con una chica que necesita provocar constantemente pequeñas tragedias en la relación para sentirse que están unidos. Él está dudando si seguir o no. Y mi consejo acá sería: con qué estás dispuesto a negociar. Si te bancás estas escenas, dale para adelante. Pero si te sacan completamente de tu eje y entendés que son un juego y no querés eso, entonces, no sigas en esa relación a menos que haya del otro lado una aceptación y promesa de cambio.
Puede sonar frío, pero ante una crisis de pareja, está bueno ver qué es lo que se está poniendo en juego, y ser honesto para reconocer si es algo con lo que puedo negociar o no. A partir de este reconocimiento, se puede tomar una decisión y cambiar.

45°. The crazy cat lady

La escena fue así: mientras esperaba en la puerta de la milonga a que llegara mi amiga Carina, me puse a acariciar a un gato que había ahí. Era del lugar, un bicho grandote, blanco y negro. Hermoso. Lo llamé y se vino al humo a buscar mimos. El hombre que vendía las entradas en la puerta me dijo: se ve que le gustaste. 
Debe haber intuido que me gustan los gatos - respondí. 
Entonces, un amigo de este hombre que estaba acodado a la taquilla rápidamente me preguntó: “¿Cuántos tenés?”
¡CUANTOS!???
Eso es maldad, señores. Lisa y llana. Maldad pura. Porque en su voz había ironía. Lo juro. Lo miré seria y respondí: “solo uno. Una, mi gata”. No le dije el nombre de mi gata porque entonces sí empezás a parecer pirucha. Me enojó la viveza del caballero, que quiso hacer pasar por comentario inocente una burla solapada, pero después me reí. Me vi a mi misma en los ojos de este tipo, rodeada de 18, 45 gatos y aun soltera... y largué la carcajada. ¡Soy “la señora loca de los gatos” "the crazy cat lady"! ¿Y si lo soy, qué? ¡Feliz llena de pelos de gato! Cuando se lo conté a Carina y a sus amigas en la mesa de la milonga, también se rieron. Reírse sigue siendo la mejor medicina. 

44°. Infierno

Leí esta frase de Dostoievski “¿Qué es el infierno? Yo sostengo que es el sufrimiento de ser incapaz de amar.” Y me dejó pensando. Creo que la incapacidad de amar nos deja vacíos y secos, medio muertos por dentro, desconectados del mundo y así, alejados de lo que para mí es el sentido de la existencia. Sin sentir esta conexión por el otro, por un perro, por el mar, por la música, por lo que sea, la vida es un páramo infernal. Pensemos en "Amar" no solo en su concepción romántica, sino en un sentido más amplio, amar todo, incluso a vos mismo lo suficiente para cambiar lo que desees, para correrte de situaciones que te lastimen, para comprometerte en lo que te involucra y apasiona. En su libro “El amor que nos cura", Boris Cyrulnik - neurólogo, psicólogo y psiquiatra, uno de los padres de la resiliencia - dice que el amor es como el sol, que cae sobre todos, iluminándonos a todos por igual. No hay que ser nadie especial para que te de su luz. Solo salirse de la sombra... Y creo que esto es fundamental. La sombra, la parte oscura - infernal - de uno, que se pega a la oscuridad de un otro, hace que muchas veces nos vinculemos desde lo no sano, desde partes inconscientes y sin elaborar, y establezcamos vínculos no amorosos. El sol, con su luz, es nutritivo y vital para la vida sobre el planeta. Sin él, nos extinguiríamos. Siguiendo esta idea, sin el amor nutritivo, nos pasaría lo mismo.
Dejando de lado trastornos psiquiátricos severos, ¿está la incapacidad de amar relacionada con el no haber sido bien amado en el pasado?

43°. Mujeres como rinocerontes

Me pidieron que escribiera para una revista sobre los “seductores seriales”, esos que cambian de mujeres más rápido que de calzones o salen con varias a la vez. Y esto fue lo que escribí: "Para mí el tema no es desentrañar qué le pasa a estos hombres. Una puede imaginar que tal vez les genere adrenalina cazar mujeres como si fueran rinocerontes, que la deslealtad en sus cambios de pareja les de cierto goce interno, que reafirmen alguna inseguridad recóndita que no quieren ver. O tal vez operan simplemente a pura calentura impulsada por exceso de testosterona. Allá ellos. Acá el tema somos las mujeres. A lo que voy es que si conocés (y reconocés) un tipo estilo “seductor serial”, ¿por qué te gusta? Descontando que tengan pinta, labia, o estén súper bien dotados y sean ases en la cama (todas virtudes que llevan a la más racional a perder la cabeza) creo que a las mujeres se nos activa el chip de “yo lo voy a cambiar, conmigo va a ser diferente”. Y no pasa. O no en la mayoría de los casos. Conozco a un bígamo que se calmó cuando se casó con una tercera a quien ama con locura, ¡doy fe! Pero en la mayoría de los casos, si te metés a intentar reformar a uno de estos seductores seriales, vas a salir con el corazón hecho pelota y la estima magullada. Cabe la posibilidad de que no te des cuenta de este mecanismo tan femenino… Bueno: existe. También cabe la posibilidad de que te guste estar en ese lugar. ¡Genial! Pero si pescás que el tipo puede llegar a ser uno de estos casos y NO te gusta, salí a tiempo".
Claro que también existe la versión "seductora serial", y es parecida a la versión masculina. Como digo en un cap. del libro: "Después de todo, el amor y el desamor, los descuidos y desencuentros son universales y unisex."

42°. Ni una menos

Hoy voy a dejar de lado mi habitual humor (o al menos mi intención de humor...) para hablar del amor y la violencia. El amor NO es violento. Por los últimos casos de feminicidios, el 3 de Junio se hará frente al Congreso la concentración “Ni una menos”, para pedirle a los gobernantes que tomen cartas en el asunto. La violencia NO es amor. El amor NO es violento. Si estás en una relación en la que el hombre te violenta, buscá ayuda y salí.
Claro que generalmente la violencia no empieza a los golpes, sino con formas más sutiles de control. La violencia psicológica usa frases como “no servís para nada, no ves que sos una inútil, sin mí no serías nada...”.Es decir, busca la anulación de la estima de la mujer mediante palabras que van lavando el cerebro. Pero no solo son palabras, la violencia psicológica se vuelve acción al controlar con quién te juntás, cómo te vestís, con quién hablás por celular. Y lentamente, esta vigilancia sobre las acciones te va separando de tus amigos, familiares, ámbito laboral. Otra forma de violencia es la económica, dominar al otro por el dinero. De la violencia psicológica a la física hay un paso, está ahí nomás... El primer golpe lleva a la mujer a un estado de confusión y negación: ¿si me ama, por qué me pega? Este estado se refuerza porque generalmente el hombre inmediatamente de disculpa diciendo “no sé qué me pasó, te juro que no lo voy a volver a hacer”. La mujer se agarra de esta promesa porque “ama” a este hombre. El hombre por un tiempo compensa a la mujer, creando una especie de luna de miel, en la cual vuelve a ser el hombre del cual la mujer se enamoró. Sin embargo, el ciclo de la violencia está destinado a repetirse si la mujer se queda. El violento no deja de serlo mágicamente (debería hacer terapia para resolver su problema de violencia contra la mujer). Luego de esta fase de luna de miel, comienza a acumularse tensión, el hombre vuelve a encontrar errores, defectos, problemas en la mujer, y estalla. Vuelve el golpe. Vuelve el perdón... y todo a empezar otra vez. Solo que este ciclo tiende a acortarse en la medida que la mujer no se va. El período de luna de miel dura menos. El hombre ya no dice “no va a volver a pasar” sino “no ves, yo me pongo así por tu culpa, es por tu culpa que te pegué”. Sumado a esto, la violencia psicológica continúa: “no servís”, “no valés nada”, “sin mí no podrías vivir”, “si me dejas te quito a los hijos”, “trabajar vos? si sos una inútil, te vas a morir de hambre”, etc... Esto deja a la mujer en un estado que se denomina de “indefensión aprendida”. No es que la mujer no valga y sea un ente indefenso que dependa del hombre. NO. Pero años de violencia lavan lentamente el cerebro de la mujer haciéndole creer que esto es así. Es una de las razones por las que una mujer no se va. Tiene reforzada la idea de que sin el hombre no va a sobrevivir ni económica ni emocionalmente. Muchas veces, estas mujeres fueron víctimas de violencia familiar, tuvieron padres violentos.
La violencia es aprendida. El porcentaje de casos en que la violencia del hombre de debe a trastornos psiquiátricos es bajo. El alcohol no es la causa de la violencia contra la mujer, en todo caso un detonante o facilitador. La violencia es aprendida. Se aprende presenciando violencia desde la infancia en el hogar, en la cultura, en la calle, en la escuela, en la sociedad.
Por eso, para romper las cadenas de la violencia contra la mujer, es fundamental crear consciencia y educar desde pequeños a niños y niñas.
Ni más está decir que desde el gobierno deberían existir instancias que funcionen en donde la denuncia de violencia doméstica fuera tomada en serio y tuviera consecuencias efectivas contra el abusador. Y que las penas contra la violencia doméstica más fuertes. Así como también deberían existir más albergues a donde las mujeres pudieran ir con sus hijos al dejar a sus parejas violentas. En las escuelas se deberían impartir clases o talleres para que los chicos tomaran consciencia de lo que NO es el amor. En México tienen una escala llamada Violenciómetro, en la que detallan cómo empieza y avanza la violencia, desde lo aparentemente inofensivo hasta la muerte. En las escuelas imparten este tipo de charlas, para darles herramientas a las chicas para reaccionar a tiempo.
Copio aquí el link para los que les interese leerlo. Es muy esclarecedor: 
Resumiendo: el amor no es controlar, no es denigrar, no es insultar, no es celar, no es separar, aislar, ni violentar. A las mujeres durante años nos enseñaron que por amor hay que aguantarlo todo, que sin una pareja no estamos completas. También existe la confusión romántica de que el amor, cuanto más dramático y sufrido, más sincero y verdadero. Nada más lejos de la realidad. Por empezar, nadie necesita a un otro para estar completo o para encontrarle sentido a su vida. Uno mismo es el sentido de su vida y es completo en sí mismo. El amor que construimos y compartimos con el otro tiene que tender a hacernos mejores personas y ayudarnos a crecer, sin anular nuestra individualidad. Que es lo que las parejas violentas no hacen. La pareja violenta anula y destruye. Por eso, si estás en una relación violenta, buscá ayuda, porque sólo llevará a la destrucción.

41°. In and out

Gracias al título del mi librito, generalmente me preguntan sobre dos temas: cómo conocer hombres y cómo olvidarlos. Aclaro que no soy ninguna experta, pero digamos que he tenido bastante "ensayo y error". Conocer y olvidar: los dos extremos de una relación. El primero, imprescindible para que exista una futura pareja; el segundo, solo si la cosa no marcha. Conozco parejas que están juntas hace 40 años y se siguen eligiendo.
Para la primera pregunta siempre me gusta recordar la canción de Tom Waits “I never talk to strangers”, donde el hombre intenta levantarse a una mujer en un bar y ella le dice que solo los tontos se enamoran de perfectos extraños, a lo que él le responde: We all begin as strangers just before we find we really aren't strangers anymore. (Todos comenzamos como extraños justo antes de darnos cuenta de que ya no somos extraños)
Dicho con cero poesía: para conocer a otro hay que salir a conocer un “otro” extraño. Es tan básico que asombra. Claro que salir no implica necesariamente salir a un bar, hoy ni siquiera hace falta salir de tu casa gracias a la proliferación de sitios para citas por Internet, redes sociales como Facebook o Twitter, o apps como Tinder. Salir implica “conectar”. Y de eso se trata. Para conocer a alguien hay que estar dispuesto a dejar de mirarse el ombligo por un rato y conectar con otro. Lugares para hacerlo: bar, clase de baile, clase de lo que sea, haciendo ejercicio en un gimnasio, en el río, etc. En la milonga, en el cumpleaños de un amigo, en un after office, en un vernisagge, en el subte. Y en los lugares virtuales que plantean las redes sociales.
Ahora, para responder la segunda pregunta ¿Cómo olvidar al otro? es necesario entender qué le pasa al cuerpo cuando se enamora.
En el cerebro existe una zona llamada “el sistema de recompensa”. En pocas palabras es, entre otras cosas, el encargado de que nos gusten y queramos repetir acciones vitales para nuestra supervivencia como comer, beber, dormir. Y como ya habrán adivinado, el apetito sexual. Si nada de lo anterior nos resultara mínimamente placentero, no lo repetiríamos y ya nos habríamos extinguido como especie hace tiempo.
Sí, ok, sexo no es igual al amor. Pero la atracción que nos lleva a querer acercarnos a otro es la puerta de entrada a los dos.
Cuando conocemos a alguien (en un bar, en la clase de swing, comprando un ukelele, corriendo en la cinta en el gimnasio, o en Tinder) y nos gusta, se pone en marcha un despelote químico en el cerebro. Nuestro cerebro literalmente queda bañado de químicos, neurotransmisores y demás jugos, que hacen que sintamos mariposas en el estómago, al corazón corriendo como un conejo dentro de nuestra caja torácica. Nos hace perder el apetito, el sueño, y la cordura. Queremos volver al otro de nuevo, desesperadamente, todo el tiempo. No podemos dejar de pensar en el otro ni en los sueños... Como dice la Dra. Helen Fisher – la antropóloga bióloga que estudia el cerebro enamorado - estamos enganchados, drogados por el otro. ¿Por qué drogados? Porque es el centro de recompensa el que se activa y queda funcionando 24/7 al enamorarnos, bombeando sustancias como la dopamina. Esta sustancia es la misma que encontramos en el cerebro de un adicto a las drogas pesadas. Es el mismo sector del cerebro. Y está activado de la misma manera.
Cuando el objeto de nuestra pasión se esfuma (por las razones que sea) entramos en un estado de abstinencia que literalmente nos enloquece. Queremos seguir en la cresta de la ola con nuestro amor, bombeando dopamina. Pero eso es imposible porque el que nos hacía sentir así no está más. Sumado a la dopamina, también el cerebro de inunda de serotonina, endorfinas y oxitocina. Todas sustancias que nos hacen sentir en el paraíso. Que ahora está perdido...
En la elaboración de una ruptura, en el duelo que implica, hay una parte que tiene que ver con analizar, reflexionar por qué no funcionó, y tratar de aprender para la próxima. Esto es un trabajo personal e íntimo que puede ser apoyado con terapia. Pero es un proceso voluntario. Es una elección. Ahora, hay otra parte del duelo que es casi inmanejable, y es la que tiene que ver con lo antes dicho: el cuerpo-cerebro y el cóctel de jugos químicos que lo invaden.
Y para contrarrestar este efecto hay tres elementos claves: las amigas, el ejercicio y el chocolate. Reunirse con amigas es terapéutico no sólo por el apoyo, las charlas, las risas y demás, sino porque hace que se libere oxitocina, la hormona del amor y la generosidad (también liberada al hacer el amor).
Hacer ejercicio no sólo enfoca la mente en algo tangible, aquí y ahora (que no es el ex...) sino que hace que se liberen endorfinas, los antidepresivos naturales generados por el propio cuerpo. Otra fuente de endorfinas es el chocolate... Sé que mucha actividad no implica, pero bueno, cortar un pedazo y llevarlo a la boca algún músculo debe mover, sin mencionar los involucrados al masticar. El chocolate además hace que tengamos un rush de dopamina, el mismo químico que liberaba el cerebro cuando estaba con el ex! Digamos que hacer todo eso no ayuda a resolver lo que haya que resolver en nuestra psique, pero sí hace que nos sintamos mejor. Y esto es fundamental para tener la cabeza más libre para elaborar la ruptura, y quedar disponible para seguir adelante con tu vida.

40°. No

Hace días que vengo rumeando algo que no podía poner en palabras (mis palabras) y por suerte recordé esta frase: “Hay algo curioso en la vida: si te niegas a aceptar todo salvo lo mejor, a menudo lo obtienes” de Somerset Maugham.
Si decis “no” a lo que no querés, abris el espacio y la oportunidad para lo que sí querés. No implica que lo obtengas, pero al menos no perdés el tiempo ni la energía vital en lo que no deseás.
Hay que irse rápido de los lugares que no nos hacen bien. Ya sea una cita en la que todo se derrumba, o una kinesióloga que tiene toda la pinta de ser una psycho-killer. ¿Por qué soportar estoicamente? ¿Dónde está el beneficio? ¿Hay algún beneficio? Tal vez oculto, tal vez en creer que si sos “buena”, si “aguantás”, entonces te vas a ganar por adelantado un pedacito de cielo o le vas a ganar al karma o cual sea la creencia (que no podés reclamar lo que deseás o necesitás para tu vida, que no lo merecés, etc).
El momento (único) es ahora, y si tu cuerpo/mente te envía señales claras de que donde estás no es sano o correcto para vos, es momento de decir “gracias, pero adiós”.

39°. San Valentín

El día de San Valentín el único regalo que recibí fue de mi antivirus AVG. Prendí temprano la computadora para laburar y ahí estaba. ¡Un mensaje del antivirus por San Valentín! Mi plan para ese día era pasarlo sola, y por alguna razón me empecé a sentir mal, incómoda, y eso me puso a pensar y repensar en mi soltería. Ese mismo sábado, mi amiga Marcela Paturzo me envió la nota de una chica que al llegar a los 30 se había suicidado por no estar casada, como era su meta... Estaba de novia, pero no “casada”. Mi amiga, soltera como yo, me dijo: ¿y yo con 40, qué tengo que hacer? Seguramente la treintañera suicida haya decidido pasar a otro mundo no por la falta de amor (dado estaba de novia) sino por algún trastorno previo. Sin embargo, esto también me dejó pensando.
Estamos bombardeados por mandatos (tanto internos como externos), los deberías ser más, deberías tener más, deberías logar más... (Y en “más” pongan lo que les guste: amor, dinero, trabajo, pareja, éxito, sexo, juventud, reconocimiento). Y creo que estaría bueno respirar hondo y relajarnos un poco... Así como escucho personas solas que añoran estar en pareja, tengo amigas que me dicen: qué suerte que tenés vos que estás libre! Parece como si nadie estuviera del todo feliz con su situación... Situación que es producto de las elecciones que tomamos en nuestra vida. Y tal vez esa sea la cuestión (o parte de ella). La elección. Siempre elegimos. El tema es cómo: si lo hacemos desde la obligación (consciente o inconsciente) de seguir mandatos, o si elegimos lo que realmente queremos. Tal vez seríamos más honestos y felices si nuestras elecciones nacieran de lo que realmente deseamos/necesitamos. Y entonces, actuáramos desde ahí. Por mi parte, ese sábado de San Valentín decidí pasarlo abrazada a mi gata Merlina, bebiendo una buena copa de vino y viendo The Killing. Y lo pasé bomba.

38°. Sobre el difícil arte de reconocer que el tipo no está tan interesado en vos

Ayer mi hermana me contó que una amiga había visto la película "He is just not that into you" y llorado como marrana. Y me acordé que había escrito esto al respecto. Vuelvo a compartirlo. Mi consejo a la amiga de mi hermana: ver las cosas como son ahorra tiempo y energía, y te libera para hacer lo que querés hacer, ya sea insistir en el tipo/a que no te da bola, o buscarte otro/a que sí.

"Sobre el difícil arte de reconocer que el tipo no está tan interesado en vos”
Siempre hay señales. No te llama y no te devuelve los mensajes. Tiene poco tiempo, está con muuucho trabajo, necesita su tiempo-su espacio-su lo que sea, ya mató a sus tres abuelas y se le enferma con demasiada frecuencia el perro. No te pasa a buscar ni aunque diluvie, no te invita a cenar a fuera, prefiere ir directo a tu casa a cenar y a comer el postre, y como al otro día se tiene que levantar tan temprano, ni la cucharita te deja disfrutar…
Los americanos tienen una frase que me encanta: "he is just not that into you", que sería algo así como: el tipo no está taaaan enganchado con vos. (Hay una película con ese título)
Ojo, no quiere decir que no le gustes, hasta te puede querer, pero no tanto como para “… … … …” Y ahí llenen los puntos suspensivos con lo que para ustedes signifique una relación con sentido. (En el caso de que sea eso lo que quieran. Si sólo quieren pasar el rato, entonces a disfrutar que se acaba el mundo!)
Los problemas comienzan no cuando el tipo no aporta “eso” que la mujer espera (por las razones que sean que el tipo no pueda/quiera) En fin, chicas, a lo mejor el caballero no se los dice con palabras pero sí con acciones, y es a esto a lo que hay que prestar atención. Los reclamos y dolores de cabeza surgen cuando la mujer no lee estas señales y no acepta que simplemente “he is just not that into you” "no está tan enganchado con vos"…
Esa frasecita me digo a mí misma cuando pesco algunos de los síntomas clásicos, y uff, duele como la san flauta... pero es tan liberador!

37°. El Ex

Los últimos días del año me los pasé con un cuellito ortopédico y yendo tres veces por semana al kinesiólogo. En una de las visitas, el kinesiólogo me avisó que estaba atrasado por lo que me fui a esperarlo a un café que hay en la esquina de su consultorio. Un café de esquina en ochava, con grandes ventanales abiertos a la calle. Ahí estaba yo, mirando cómo se derretía el pavimento por el calor infernal de diciembre, cuando en la esquina opuesta veo a un ex. Mi último ex desde hace años. Traté de pasar desapercibida, hacer que escribía algo en mi celular, pero con lo del collar ortopédico fue imposible. Yo saltaba a la vista como un sexto dedo. Me vio, cruzó la calle y entró al café. Se paró al lado de mi mesa y me dijo “Hola, ¿cómo estás?” Le sonreí fingiendo sorpresa. Le dije que estaba bien, señalando el cuellito con ironía. La cosa era incómoda a más no poder, y no me refiero al collar ortopédico. Nos miramos, yo como “ok, ya me saludaste, ahora adiós”, y él con ganas de sentarte y charlar de la vida. Como vi que no se movía de al lado de la mesa, lo invité a sentarse esperando que dijera algo como “no puedo, se me hace tarde para...”. Pero aceptó.
Yo no tengo nada en contra de los reencuentros con exnovios, saludarse amablemente, etc., pero tampoco me sale sentarme a hablar de la vida en un bar, y menos con él, que no habíamos quedado ni como amigos ni como nada. Yo a este tipo no lo veía hace años.
Bueno, la cosa es que volvió a preguntarme cómo estaba. Otra vez le señalé el cuello, le dije que estaba haciendo tiempo para ir al kinesiólogo, que no era nada serio, sólo un problema cervical derivado de pasarme demasiadas horas mal sentada frente a la computadora escribiendo. Sin embargo, volvió a la carga y preguntó otra vez “¿cómo estás?”.
Ahí lo vi: estaba mucho más canoso, sentado medio de lado, mirándome y bajando la mirada. ¿Qué quiere este tipo? ¿Para qué se sentó acá? Me pregunté.
Me dijo que se había encontrado con mi hermana hacía tiempo, pero que en todos estos años jamás conmigo, y que siempre se preguntó cómo andaba yo. Le respondí que si realmente hubiera querido saber, me podría haber llamado o mandado un mail. Le volví a decir que estaba bien, que el año pasado había vivido en México, que seguía escribiendo guiones y que había publicado un libro.
Él me contó que seguía trabajando para la misma empresa, y que se había casado. Ahí se corrigió, dijo que estaba en pareja, y que tenía tres hijos. El más grande era de su mujer. De los que tuvieron entre los dos, el mayor tenía x años y el más chico x. Lo miré, muda. ¡No me daban las cuentas! O sí, o era el calor, el cuello, los calmantes. Rápido, agregó: se dio todo muy rápido, refiriéndose a los hijos. Resumiendo: si no fui cornuda, le pegué en el poste.
En un momento se acercó la moza a ofrecerle algo de tomar y él negó. Aliviada pensé que entonces ya se iba, pero no, señores. El tipo inmutable. Seguimos hablando de esto y de aquello, todo forzado y como sin sentido. Él insistiendo con su latiguillo: cómo estás, cómo estás, cómo estás. Hasta que me harté (como había sido él el que había terminado la relación) y le aclaré: “Si creés que te guardo rencor o algo así, estás equivocado, está todo bien. Yo estoy bien.” A lo que me respondió: “no creo que me guardes rencor, porque no hubo culpables.” Y otra volvió a preguntarme que cómo estaba. Me dieron ganas de gritarle: ¿entonces qué cazzo querés saber??? Aunque no se lo grité, sí se lo pregunté: “no entiendo por qué me seguís preguntando cómo estoy, ya te dije que estaba bien.” Él ahí se puso a la defensiva: “ay, bueno, no te pongas así, no seas así...”
¿Así cómo? No entiendo qué más querés saber... – le respondí.
Casi como esquivándome la mirada, me dijo que él se refería a lo personal, que cómo estaba en lo personal. Quería saber si estaba soltera o en pareja.
Lo miré fijo, incrédula. Le conté que estaba soltera y sin hijos. Que no tenía hijos por elección, que ese jamás hubiera sido mi plan...
Y aun así, después de responderle esto, no se movía de la put... silla. Me dieron ganas de gritarle: “¿No me ves que estoy con un cuello ortopédico, media drogada, con cara de dolor, y calor... y vos insistís y no te vas? Fui amable, te respondí tus preguntas, ¿qué más? ¿Para qué esta escena demencial?”
En vez de eso, le pregunté directamente: “¿De qué más querés hablar? ¿Querés que te pregunte por tus hijos?”
Él negó, y balbuceó algo.
No, dale, hablame de tus hijos. – le dije.
Y me habló de sus hijos. En un momento volvió a salir el tema de mi libro, él me contó que había leído algunas partes. Le aseguré que él solo aparecía en un capítulo, y no en todo el capítulo, además no ponía su nombre, que se quedara tranquilo. En fin, la cosa es que no se iba. El tipo estaba como pegado a la silla, hasta que de golpe dijo: “bueno, me tengo que ir.” Nos saludamos y se fue.
Pero yo me quedé mal. Como con un mal sabor. Pero no por él. Él fue igual que cuando estábamos juntos. Me afectó comprender que yo también había actuado como cuando estábamos juntos: con cero registro de mí misma. Yo le quería gritar a él: ¿no me ves, no ves mi cuello, por qué no me evitás esta escena? Pero la que no se vio a sí misma fui yo. Y en vez de decirle: “sabés que, no me siento bien, te doy mi celular, llamame otro día cuando YO me sienta bien y si querés nos juntamos a tomar un café y nos ponemos al día”, en vez de hacer eso, le sostuve la escena idiota a él.
Escena cuyo objetivo aun no termino de dilucidar. Un par de amigas me dijeron que probablemente quería tantear el terreno para ver si había la más remota posibilidad de tener onda conmigo. Yo no lo creo ni por un segundo. No había esa energía. Mi teoría de que él quería asegurarse que no le guardaba rencor tampoco se sostiene porque él lo negó. Podría haberme mentido, pero tampoco lo creo. No sé qué buscaba, y tampoco es importante. Lo único importante acá es por qué desoí a mi cuerpo. Amigos, mi propósito para este año nuevo es el siguiente: escuchar a mi corazón y actuar en consecuencia.

36°. Eje

El sábado en la milonga, con una amiga nos preguntábamos por ese fenómeno que nos ocurre a muchas mujeres cuando nos enamoramos y empezamos a salir con un caballero: perdemos por completo la cabeza. Un hombre del que hasta hace no más de un mes no sabíamos de su existencia, de golpe se convierte en el ser más importante del Universo, y por él postergamos todo: amigos, laburo, lo que venga!
Ok, por un lado está la influencia del combo dopamina/adrenalina/endorfinas/oxitocina que invade nuestro cerebro cuando nos enamoramos, ¿pero la razón es sólo “química”? Me cuesta creerlo. En muchos casos no es así, muchas mujeres parecen poder mantener su eje cuando están en un “estado de a dos”, pero otras (y me incluyo) no.
Mi amiga me dijo: “ojo que cuando bailás con un mal bailarín que te saca de eje, no hay cómo mantener tu centro”. Y eso es verdad, muchas veces se unen dos que son la peor combinación posible, por ejemplo un fóbico con una obsesiva o una evasiva con un ansioso. En ese caso, digamos que la cosa es compartida, porque ahí se juntan el hambre y las ganas de comer.
Pero prefiero pensar en “uno”, en lo que uno hace o puede hacer para no salirse por completo de su eje y quedar orbitando como satélite enano alrededor de un planeta.
Tal vez las causas pueden ser complejas y encuentren su raíz en la herencia genética, cultural, sumada a la historia personal de cada una, en cómo influyeron sus relaciones primarias, los modelos de pareja que conoció, etc., pero la solución parecería ser simple: accionar.
Seguir con acciones autónomas y por fuera de la pareja, para no quedar adosada, fundida al otro. ¿Qué acciones? ¡Lo que sea que hacías antes! Ver a tus amigos, no dejar de priorizar tu laburo, tomar clases de baile, seguir yendo al gimnasio, al cine, etc. Si uno mantiene su autonomía, pasan varias cosas: el otro no se siente asfixiado (y vos tampoco); la pareja se enriquece porque tenés tu mundo íntimo para compartir con el otro. Sino, corrés el riesgo de ser como un potus, ahí puesto sin vida propia, o como un perro que se come la cola, agotado y girando en falso hasta el fin. Y también, razón no menor, porque si la cosa no funciona, si se termina la relación, tenés tu propia vida para seguir adelante.

35°. Casados: keep out!

Estoy por hacerme una remera que diga: “Casados, keep out!”. Tengo un imán para los casados, en pareja, comprometidos y todas las formas que adopte el “no estar disponible” ¡¿Nunca uno soltero, será de Dios...?!
No soy ninguna santa, y si leyeron mi libro sabrán a qué me refiero. Por eso no puedo decir si está bien o mal, solo que últimamente, la mayoría de los tipos que se me acercan están ocupados. Me acuerdo de uno que ante mi rechazo, trataba de convencerme culpando a mi mente estrecha por no ayudarlo a meterle los cuernos a su mujer. Me decía: tenés que ser más “open mind”…
En fin, más allá de mi mala suerte (¿o será algo que emano?) acá lo que me hace ruido es la acción. Y ojo, que los cuernos no son un terreno exclusivamente masculino. Las encuestas afirman que las mujeres son tan infieles como los hombres. ¿Por qué la gente es infiel? Creo que es la pregunta del millón y no tiene una única causa / respuesta.
La infidelidad implica el rompimiento de un pacto, de la promesa de la monogamia. Si removiéramos esa promesa de la ecuación “pareja”, no existiría la infidelidad. Pero para el 90% de las parejas, este compromiso existe y es casi imprescindible. Llevando la idea más al extremo, si no hubiera “pareja”, no habría pacto, ergo, no existiría la infidelidad. Una idea descabellada. Es un instinto básico del ser humano enamorarse/emparejarse para la supervivencia de la especie.
Lo “social” no instintivo (una construcción que varía de cultura en cultura) es la idea de que el amor tiene que durar “hasta que la muerte nos separe”. Y que amor y sexo tienen que ir de la mano.
No existe una regla (real) que obligue a las parejas a permanecer juntas por 50 años. Puede suceder (y conozco casos de éxito!) pero no es a priori, o al menos no debería serlo. Que una pareja siga unida debería estar regido por el amor que se tienen hoy, por el laburo que le meten a la pareja para que siga creciendo, porque se eligen mutuamente cada día.
Razonamientos que escucho de hombres y mujeres en pareja: seguimos juntos por los hijos, para que no sufran y tengan un hogar unido; la pasión/amor se apagó pero es mi mejor compañero/a y hacemos un buen equipo; si me separo dejo de ver a mis hijos todos los días; ¿cómo me mantengo económicamente si me separo?; no lo/a amo, pero la quiero, me acostumbré; ¿soltera/o a mi edad?; no creo en el divorcio; y muchas más.
No soy quien para hacer un juicio de valor sobre lo anterior, o intentar refutarlo. Cada uno elige la forma de pareja que más le gusta. El tema es la demanda, la queja, la trampa, la infidelidad, las negociaciones cuando eso que elegiste ya no te cierra. Creo que si uno llega a ese punto en donde nada tiene sentido y uno se ha perdido en una red de excusas y quejas y demandas y mentiras, está bueno replantearse el asunto.
La vida es corta, tenemos un tiempo limitado sobre esta tierra. Mejor hacerlo de la mejor manera posible, buscando ser la mejor versión de nosotros mismos, siendo amables y tratando bien a los otros, con respeto y sinceridad. Tal vez ese sea el mejor ejemplo para los hijos.
Pero bueno, por ahora voy a ponerme a diseñar mi remerita… A ver si así, descartando lo que no quiero, aparece lo que sí!