48°. Autocorrector

A pesar de que estaba media dormida cuando recibí el “te amo un beso grande”, entendí rápidamente que se trataba de un error causado por el autocorrector del celular. El caballero había querido escribir “te mando un beso grande”... Igual, por una milésima de segundo se me alegró el corazón. Y no fue porque el tipo me interesara particularmente, es un amigo de un amigo y nada más. Sino porque hace tanto tiempo que no escucho un “te amo”... El único que me dijo esas dos palabras fue un adrenalínico que sentía amor por cuanta chica le siguiera el ritmo. Es decir, que haciendo cuentas, creo que jamás me dijeron un sincero te amo. La cosa es que yo tampoco lo dije, a nadie. Y tengo ganas. Hace rato que deseo una historia con sentido, pero sigo asustándome, metiéndome para adentro y espantando a cada candidato que se me acerca. ¡Ojalá hubiera un autocorrector pero para la vida, no solo para celulares! Y que en vez de corregirte mal (como en el caso del mensajito nocturno que recibí) te corrigiera para bien. Te mandás una cagad... y el autocorrector te lo modifica... Claro que no tendría sentido si fuera a posteriori del hecho! Mejor, debería haber una app que avisara segundos antes de equivocarte... Aunque esto anularía el aprendizaje! Pero bueno, en todo caso, serviría como advertencia. Me imagino una luz roja y un timbre activándose en el cerebro y luego una voz profunda como la de Vincent Price diciendo “¡Atención, estás por cometer un error, el mismo error de siempre. Esta es la vez número 945.689.742,03!”
En fin, bromas aparte, supongo que esa “app” es nuestra voz interior, nuestra intuición, solo que olvidamos - o no podemos - escucharla por compulsión, por apego al pasado, por la vorágine que es la vida. Los otros días una amiga me dijo: vos das re buenos consejos amorosos pero no los ponés en práctica en vos! Y tiene razón... Por eso, mi propósito del día: escucharme... y hacerme caso.