51°. Querer sin presentir

Como había tenido un domingo complicado, mi hermana me sugirió ir a bailar un rato a la milonga de la Glorieta de Barrancas Belgrano. La noche estaba hermosa, ni frío ni calor. Así que aunque no tenía mis zapatos de tango conmigo, fui igual. La única tanda que bailé, valió la pena. Me sacó un tipo con el que me encanta bailar. Es de los pocos con los que me dejo llevar completamente, y para mí que soy una control freak con mezcla de Monk, eso es decir mucho. Cierro los ojos, me abrazo... y me suelto. Me pierdo. Me zambullo a un aquí ahora perfecto, puro, eterno. Un limbo de cuerpos pegados, girando conectados en la música. Estaba en ese trance cuando la letra del tango me llegó clarita, sin interferencias (seguramente porque estaba en ese estado sin cerebro): “si yo pudiera como ayer, querer sin presentir.” Llegó e hizo carambola, señores.
El hombre al que estaba abrazada ni se enteró, pero me dieron unas ganas de mirarlo a los ojos y decirle: ¿vos lo sentiste también? Obvio que no, si el cimbronazo fue sólo mío.
¿Se pueden olvidar años de desencuentros, y lanzarse ingenuamente a un amor sin reservas, como cuando te enamoraste por primera vez?
La experiencia sirve para algo, de eso estoy segura. Pero a veces, cuando nos rompen el corazón (ojo, también hay casos en los que lo ofrecemos voluntariamente, casi con alegría para que otro te lo estruje) aprendemos mal. Nos volvemos cínicos, recelosos. Nos congelamos y excluimos del juego de las citas, o bien, nos volvemos a enamorar pero con muchos peros y barreras. Y en algunos casos, casi como una venganza.
El presentimiento del que habla el tango es miedo. Es el miedo a repetir. Ante el presentimiento del dolor, de la posibilidad de que otro te vuelva a meter la mano en el pecho, arrancar el corazón y reventarlo, ¿qué hacemos? La vida monacal así como la de volverte un/a donjuán sin discernimiento son extremismos, y como todo ismo, desaconsejables.
También está bueno considerar la teoría que dice que lo que no aprendés en una vuelta, se te repite una y otra vez, como en una rueda, hasta que finalmente lo aprendas. Entonces pasás de nivel, como en un video juego. Del nivel 6 al 7. También se puede pensar en una espiral ascendente. Una vez que aprendés y dejás de repetir la misma escena cíclicamente (pueden cambiar los candidatos, pero la cabeza te la terminás rompiendo igual, se llame Juan, Roland o como sea) entonces subís en la espiral, avanzás, pero la vida “gira” y te vuelve a poner delante situaciones similares a las que viviste en el pasado. Casi como una prueba. Si aprendiste, te movés ascendentemente en el espiral, subiendo, elevándote. Y si no, entonces, volvés a repetir.
Ejemplo. Si fuiste “la amante” y un día decís: ok, no quiero más esto para mí. La vida, ponele la firma, se va a encargar de presentarte a varios candidatos que te propongan ser la amante otra vez. Si aprendiste, avanzás; si no aprendiste, volvés al mismo casillero.
¿Entonces, se puede querer sin presentir?
El miedo es mal consejero.
Sin embargo, en vez de presentir, podemos usar la experiencia para bien. Podemos amar, querer al otro a la luz de nuestro pasado, usándolo como trampolín (esta frase la afané!)