54°. Soy un matambre

O al menos eso fue lo que pensé con el caballero encima mío... Lo curioso fue que antes él me había contado, a modo de queja, que su última pareja no era muy activa, digamos que fallaba en la reciprocidad. Según él, era medio una muertita, y lo que le atraía de mi era que me hacía cargo... Pues, ahí estaba yo acostada en su cama sin poder moverme porque el tipo había trabado con sus brazos los míos a los costados de mi cuerpo, y me había pedido que cruzara las piernas, estiradas. Era una extraña variante de la posición del misionero, extraña porque me inmovilizaba absolutamente. Incluso, le tuve que pedir que me dejara alejarme un poco del cabezal de la cama, porque me iba a romper el coco en el ir y venir. Me miró estupefacto sin entender de qué le hablaba. ¡Un matambre era! Lo más alejado de lo erótico posible. Y con cero diálogo. Y eso que él sí había hablado antes... Cuando yo estaba a punto de acabar, me había dicho “si lo hacés, me vas a hacer acabar a mí también y quiero un poco más...” Entonces me frené, para que él pudiera gozar un cacho más. Él había agregado como en un suspiro: “Igual, el orgasmo no es lo más importante, ésto es, lo que pasa en el medio, en el durante...” Ok, pensé, vamos por el durante... Y fue ahí que me transformó en un matambre, para acabar él.
Me quedé dura, enrarecida... E iluminada. En la cama, en la desnudez más íntima, no hay dónde esconderse, ahí se ve cada uno como realmente es. Todas las fachadas, las defensas, todas las máscaras se caen. Y se ven las contradicciones, las incoherencias, los egoísmos, la falta de registro. El miedo. Se ve la generosidad, la conexión, la capacidad de dar y recibir, el amor por lo sensual y el juego. Y también sirve como una lupa enorme para uno mismo. Más allá del gusto personal del caballero, yo entendí que no soy el matambre de nadie. Y por eso, le estoy muy agradecida!